PRIMERA PARTE — CLARIDAD
Capítulo 6 de 10
Tú
Para simplificar las cosas —y disponer de un modelo útil para entender nuestra conducta—, vamos a dividir ese «tú» en tres componentes: las dos mentes y el cuerpo.
Las dos mentes son, concretamente, la mente consciente, más pequeña (círculo negro), y la mente subconsciente, más grande (círculo blanco).
Entre los tres, estos componentes ponen en marcha tu conducta, participan en ella y experimentan sus consecuencias.2 Veamos cada uno y el papel que desempeña.
El cuerpo
El más sencillo de describir es el cuerpo. No es más que un vehículo pasivo, un recipiente para las dos mentes. En el contexto de la adicción, es un recadero que cumple encargos, como ir a buscar otra botella de vino antes de que cierre la tienda. Curiosamente, esa misma motivación desaparece cuando se trata de ir al gimnasio al día siguiente.
Desde el punto de vista del cuerpo, una de esas decisiones termina en una resaca espantosa y te deja hecho polvo. La otra promete una descarga de endorfinas y un cuerpo más sano y fuerte. Pero no es el cuerpo quien toma las decisiones: hace lo que le mandan y carga con las consecuencias. La verdadera partida no se juega aquí.
Eso no significa que el cuerpo no sea fundamental para la recuperación. Lo es, y mucho. Mejorar la salud física repercute en la salud de las dos mentes y en el control de la conducta. Sin embargo, el trabajo con el cuerpo depende de las dos mentes. El cuerpo no va a decidir mejorarse a sí mismo. No puede.
La mente consciente
La mente consciente es la que estás utilizando para leer estas palabras. Es el ego, la que empleas para razonar. Es la voz de tu cabeza que dice: «No volveré a beber nunca». Se encarga de operaciones aritméticas sencillas, como 2 + 2, y, si piensas deliberadamente «voy a rascarme la nariz», tu cuerpo obedece. Una de las principales razones por las que la conducta adictiva persiste es que la gente intenta resolver el problema únicamente desde este nivel.
La mente consciente es, por supuesto, enormemente útil, pero no abarca todo lo que eres. Conviene entenderla como una herramienta para determinadas funciones y tareas. Cuando se trata de cambiar la conducta a largo plazo, no puede hacerlo por sí sola.
Suele decirse que solo influye en alrededor del 5 % de la conducta. No es mucho, teniendo en cuenta lo frecuente que es identificarnos exclusivamente con nuestra mente consciente. Y también tiene sus limitaciones.
La mente consciente dispone de un ancho de banda limitado (velocidad de procesamiento), que suele estimarse en apenas 40 bits por segundo. Además, procesa una sola tarea a la vez; dicho de otro modo, solo puede ocuparse de una cosa en cada momento.
Otra de sus debilidades es que la racionalidad —su especialidad— no siempre es la herramienta adecuada, y a la mente consciente no le gusta hacerse a un lado.
A estas alturas, tu mente consciente reconoce perfectamente que tu conducta se ha descontrolado, pero solo puede trabajar con lo que ha conocido en el pasado y en el presente. Puede imaginar el futuro y elaborar estrategias, pero únicamente a partir de lo que sabe y ha vivido. Esto es crucial: cuando intentas dejar de beber sin una estrategia más amplia, le estás pidiendo a tu mente consciente que haga algo completamente nuevo, algo que nunca ha hecho y de lo que no sabe nada. Es como pedirle a cualquier persona que realice una operación de neurocirugía. A menos que sea neurocirujana, el resultado será un desastre. Necesita ayuda.
La mente subconsciente
La mente subconsciente es una entidad fundamentalmente distinta. Y es enorme. Es la accionista mayoritaria en tus decisiones y tu conducta. Se ocupa de funciones involuntarias como regular los latidos del corazón, parpadear, respirar y, en general, mantenerte con vida y a salvo del peligro.
La mente subconsciente está activa constantemente, suele funcionar fuera del alcance de la conciencia y dirige el otro 95 % de la conducta. Prefiere lo conocido, aquello que considera seguro y cómodo. Por desgracia, para ella lo seguro y cómodo es la dependencia del alcohol y todo lo que la acompaña.
¿Cómo ha llegado a la conclusión de que comportarse así es buena idea? En pocas palabras: «entorno y condicionamiento». Pero veamos los elementos fundamentales:
- El subconsciente está, por naturaleza, obsesionado con la seguridad.
- Tiene una naturaleza profundamente social.
- Para él, estar a salvo significa encajar en el grupo social más amplio.
- A ese grupo más amplio (la sociedad) le gusta el alcohol.
- Tu subconsciente se adapta a esa preferencia.
El subconsciente examina continuamente su entorno con un ancho de banda mucho mayor que el de la mente consciente. Suele estimarse que procesa unos 11 millones de bits por segundo, y que lo hace en paralelo. Una barbaridad. Y la mente consciente ni siquiera se entera de que está ocurriendo.
Con toda esa información, el subconsciente funciona como una balanza que sopesa cuanto hay en su entorno. Después detecta lo que más se repite a su alrededor y lo imita. Así consigue encajar. Se protege de lo desconocido y del rechazo.
Es bastante evidente, si lo piensas. Imagina que hubieras nacido y crecido en Japón. Todo a tu alrededor sería japonés: tus padres, tu cultura, la música, la televisión, los teléfonos inteligentes, todo. Y tú también te identificarías con lo japonés.
Los niños nacidos en familias japonesas no crecen convirtiéndose, sin más, en franceses; ni los nacidos en familias francesas se vuelven japoneses porque sí. Sencillamente, no reciben esa clase de estímulos, así que el subconsciente no tiene nada de eso que imitar. Naturalmente, la nacionalidad es un ejemplo un tanto exagerado. Pero el mismo principio se aplica a costumbres como beber: creces rodeado de amigos y familiares que beben, lo ves en las películas y en la televisión, y celebras las borracheras de tu grupo. Lo imitas todo. Encajas. Estás a salvo.
Piensa en todas esas noches de fiesta, las visitas al bar, las bodas, las celebraciones, los fines de semana, los acontecimientos deportivos, los conciertos y tantas otras ocasiones. En conjunto, esas experiencias pesan muchísimo y refuerzan la determinación de tu subconsciente de repetir las mismas conductas. «Esto es lo que hacemos».
Intentar imponerse a una programación tan arraigada solo con la intención consciente casi nunca funciona a largo plazo. Tarde o temprano, el subconsciente ejerce su influencia y desliza una idea en la mente consciente: «Una no me hará daño». Esta la recibe, la interpreta como propia y la justifica; después, el cuerpo la convierte en una acción. Vuelta al punto de partida. ¿Y la racionalidad? Desarmada, anulada y engañada. Una vez más, no era la herramienta adecuada.
A la mente consciente le cuesta aceptar esto porque tiene un problema de humildad.
Para cambiar todo esto no basta con que la mente consciente decida dejar de beber: tiene que comprender estas dinámicas y después colaborar con el subconsciente. Si aprovechas las fortalezas de cada mente y compensas sus limitaciones, podrás desarrollar una estrategia más eficaz para cambiar tu conducta. En otras palabras, necesitas que ambas trabajen en equipo.
Así que, por el bien de la mente consciente, voy a repetirlo: ese «tú» consciente solo es responsable del cinco por ciento de tu conducta. Aporta muy, muy poco a la realidad que acabas viviendo. Lo mejor que puede hacer es apartarse un poco y empezar a colaborar con la mente subconsciente. Si quieres cambiar, es a ella a quien tienes que convencer.
La suma de todo
Y ese eres «tú». Con el subconsciente sentado en el sillón de mando, los tres componentes se entrelazan entre sí y con el mundo exterior para conformar tu estado general. «Estado» se refiere, en términos generales, a cómo te encuentras —física y emocionalmente— en un momento dado. Ambas dimensiones, sin embargo, están íntimamente ligadas: el estado emocional afecta al físico, y viceversa.
Dominado por el subconsciente, vas pasando de un estado a otro por distintas razones, tanto internas como externas. Esos estados influyen en tu conducta y, por consiguiente, en tus acciones. La suma de esas acciones constituye la realidad que vives.
Cuando esa realidad se convierte en un desastre evidente, es cuando la mente consciente se percata de lo que ocurre. Y si el subconsciente y la mente consciente quieren cosas distintas, tu realidad se convierte en un campo de batalla.
El camino hacia el campo de batalla
Durante buena parte de tu vida ni siquiera sabías que se estaba gestando una batalla. A tu mente consciente le parecía estupendo salir con los amigos y emborracharse. Beber varios chupitos seguidos era casi una medalla de honor y, como todos tus amigos hacían lo mismo, a tu subconsciente también le parecía genial.
Tus mentes consciente y subconsciente estaban alineadas. Prácticamente conspiraban para darte una paliza. La balanza de tu conducta se inclinaba decididamente hacia la bebida.
Esta dinámica continúa hasta que el daño empieza a doler y deja de tener gracia. Con el tiempo, la mente consciente comprende que tiene un problema: está encerrada en una jaula con un gorila de más de doscientos kilos al que le encanta jugar. Tú intentas guardar los juguetes, pero, por cada uno que guardas, el gorila saca otros dos.
La balanza de la conducta sigue inclinándose claramente hacia la bebida, pero ahora aparece una esperanza. La semilla de la gran remontada es precisamente la separación entre las intenciones de la mente consciente y las del subconsciente.
Ahora que sabes a qué te enfrentas, empiezas a comprender que una lucha de pura fuerza probablemente esté perdida de antemano. La buena noticia es que, ahora que la mente consciente se ha dado cuenta de lo que ocurre, puede plantar cara. Solo necesita un plan de acción y la determinación de llevarlo a cabo.
¿Por dónde empiezas?
Dopamina.
Es lo que el gorila desayuna cada mañana.