PRIMERA PARTE — CLARIDAD

Capítulo 7 de 10

Dopamina

La dopamina interviene tanto en la conducta consciente como en la subconsciente. Nos impulsa a perseguir lo que queremos y nos ayuda, de una manera u otra, a conseguirlo. Puedes pensar en ella como el combustible que alimenta el fuego de nuestras acciones.

Este tema está explicado de maravilla en el libro The Molecule of More, del doctor Daniel Z. Lieberman y Michael E. Long. Te recomiendo mucho que lo leas cuando te encuentres en condiciones de hacerlo.3 Por ahora, sin embargo, nos basta con entender a grandes rasgos cómo funciona este sistema, sobre todo desde nuestra perspectiva.

Tener y querer

En esencia, podemos dividir todo aquello que posee una persona —tanto lo material como lo abstracto— mediante una distinción muy sencilla:

  • Las cosas que tienes.
  • Las cosas que no tienes.

De ahí se deduce que el cerebro ha desarrollado dos modos de funcionamiento para ocuparse de cada categoría. Uno se encarga de lo que tienes y el otro de aquello que no tienes, pero quieres. Y como no hay más posibilidades, entre ambos modos abarcan toda tu conducta. O eres feliz y estás a gusto aquí y ahora, sencillamente «siendo»; o estás intentando conseguir algo, convertirte en alguien distinto o estar en otro lugar.

¿Te suena?

Por eso es tan importante entenderlo.

Para simplificar, llamaremos a estos dos estados modo «tener» y modo «querer». En el modo «tener» te mueves dentro del ámbito de lo que ya posees; en el modo «querer» identificas y consigues aquello que deseas, pero aún no tienes.

Así de sencillo.

Para trasladar algo que deseas del modo «querer» al modo «tener» hacen falta tres cosas: identificación, intención y acción.

Ahí entra en juego la dopamina.

Los dos modos: en el modo querer, la dopamina sube y nos impulsa hacia lo que deseamos; en el modo tener, baja una vez conseguido. El avatar ocupa el centro del esquema.

Por definición, lo que tienes está aquí, en el momento presente. Lo que quieres solo podrás tenerlo en el futuro. Entre una cosa y otra, tienes que actuar para conseguirlo. (O, mejor dicho, la dopamina te hace actuar). Solo cuando lo deseado pasa a estar en tu poder, tienes por fin lo que querías. Y al tenerlo se extingue el deseo original. (La dopamina se retira). Tu cerebro y tu conducta alternan entre esos dos modos en un ejercicio de equilibrio: mantenerte con lo que ya tienes y conseguir más.

Este concepto es extraordinariamente importante, así que vamos a examinar un poco mejor lo que ocurre.

Un ciclo sin fin

Puedes imaginar este sistema como un ciclo que se repite.

Ciclo de los modos querer y tener. La novedad lleva al querer, la insatisfacción, la dopamina y la búsqueda de algo. La familiaridad lleva al tener, la satisfacción y la serotonina. Una novedad vuelve a iniciar el ciclo.

En cualquier punto del ciclo funcionamos en modo «querer» o en modo «tener». Permanecemos en uno hasta que las circunstancias nos empujan de vuelta hacia el otro. Y así seguimos, dando vueltas y pasando de uno a otro.

Modo «tener»

El modo «tener» está activo cuando nos encontramos inmersos en el momento presente. En él intervienen neurotransmisores como la serotonina, las endorfinas y los llamados endocannabinoides. (Los detalles no importan demasiado; lo importante es comprender la idea general).

Como este modo de funcionamiento está orientado al presente, sus vías y neurotransmisores favorecen una sensación de bienestar y satisfacción. En ese estado no necesitas proyectarte mentalmente hacia el pasado ni hacia el futuro. Estás bien aquí, ahora mismo.

Algunos ejemplos son disfrutar de una buena conversación o escuchar música que te hace olvidarte de ti mismo y del paso del tiempo. Ese tipo de experiencias.

Modo «querer»

El modo «querer» es muy distinto y, al parecer, más complejo. Para empezar, cuando se activa, te saca del presente y te lanza mentalmente hacia un futuro lleno de posibilidades. El modo «tener» se aparta.

Este modo se alimenta del neurotransmisor dopamina. También podemos llamarlo circuito de la dopamina. Su función es la contraria a la del modo «tener»: hace que el presente nos resulte insatisfactorio y nos empuja hacia un resultado futuro. Para dejarlo claro y subrayar la importancia de la dopamina, merece la pena repetirlo.

La dopamina hace que el presente nos resulte insatisfactorio y nos empuja hacia un resultado futuro.

La dopamina suele asociarse con el placer, pero, como veremos enseguida, desear algo y disfrutarlo no son lo mismo. Piensa en un picor: te rascas porque quieres que desaparezca la molestia. La satisfacción está en el alivio.

Por eso ya estás pensando en la siguiente copa antes de terminar la que tienes delante. No la estás disfrutando: estás deseando beber más. El disfrute pertenece al modo «tener».

Desde el punto de vista evolutivo, este sistema nos impulsa a conseguir los recursos que necesitamos para sobrevivir: alimento, reproducción y demás. Los recursos que necesitamos —o creemos necesitar— en las sociedades modernas son mucho más complejos. El modo «querer» no está diseñado para entornos tan ricos en estímulos, y ahí es donde las cosas pueden torcerse.

Este modo se activa (se libera dopamina) cuando algo de tu entorno te entusiasma o despierta tu interés. Al encontrarte con algo nuevo o inesperado, percibes una posibilidad: recursos que puedes conseguir directamente o maneras indirectas de obtenerlos o aprovecharlos mejor. Eso pone en marcha la parte del ciclo impulsada por la dopamina.

A partir de ahí, con atención y motivación, investigas, elaboras estrategias y procuras obtener todo lo que puedas. Cuando se agotan las posibilidades y la novedad se vuelve normal, la dopamina ya ha hecho su trabajo.

Al agotarse ese impulso, regresas al modo «tener». Permaneces ahí hasta que algo vuelve a salirse de lo conocido y te empuja otra vez al modo «querer». Eso, en circunstancias normales.

El deseo que no descansa

En entornos cargados de estímulos dopaminérgicos —como los que habitamos—, el modo «querer» se activa por toda clase de motivos, muchos sin un destino claro ni un punto de satisfacción definido. Entonces, la insatisfacción puede desplazarse hacia otras cosas: comida, compras, una copa… Cualquier otra posibilidad parece capaz de calmar una sensación que ni siquiera provocó. Buscas respuesta a una exigencia que no tiene una respuesta clara.

Pasa media hora desplazándote sin parar por publicaciones alarmantes en el móvil, impulsado por la dopamina, y entenderás por qué al soltarlo te invade tanta insatisfacción y te cuesta concentrarte: tu atención sigue saltando de una posibilidad a otra, buscando algo que perseguir. Pero sentir el impulso de perseguir algo no significa que vayas a disfrutarlo cuando lo consigas, ni que te guste el lugar al que te lleve esa búsqueda.

La culpa es de la dopamina

Las conductas necesarias para sobrevivir no siempre coinciden con lo que nos gusta. Esto es especialmente cierto a largo plazo. El sistema atiende las necesidades de supervivencia del momento; ya estarás vivo para enfrentarte después a las consecuencias imprevistas.

Un ejemplo evidente de esta desconexión es el azúcar refinado: una fuente concentrada de energía que, hasta hace relativamente poco, era escasa. Tu sistema dopaminérgico te empuja a darte un atracón porque la percibe como algo difícil de conseguir. Quizá no vuelvas a tener acceso a ella en mucho tiempo, así que mejor aprovechar.

Hoy el azúcar abunda, de modo que comerlo en exceso no ofrece ninguna ventaja para la supervivencia. Más bien al contrario: perjudica la salud. Puede que sobrevivas hoy, ¿pero qué pasará mañana? Cuando comes demasiado, aumentas de peso y se incrementan distintos riesgos para la salud.

El sistema dopaminérgico, que solo ve lo inmediato, sigue insistiendo y hace que lo queramos ahora, lo necesitemos o no. Con el tiempo, las consecuencias de comer en exceso se vuelven evidentes, indeseables y contrarias a las prioridades inmediatas de ese sistema. ¿Te gusta lo que ocurre? Probablemente no. Y ahí se hace evidente la diferencia entre «querer» y «gustar». Con el alcohol sucede lo mismo: incluso cuando sus efectos están destrozándonos la vida, el deseo no desaparece. Mientras que el azúcar parece ofrecer sustento físico, el alcohol parece ofrecer sustento emocional, o al menos anestesia la sensación de que nos falta.

Por desgracia, el sistema de la dopamina no funciona a voluntad. Es completamente reactivo y, cuando se activa, te lleva consigo, te guste o no. Sigues actuando hasta obtener lo que quieres o hasta que el impulso dopaminérgico se agota y se rinde. Cuando disminuye la dopamina, nos quedamos con las consecuencias de lo que hicimos bajo su influencia y volvemos al modo «tener».

Nunca es suficiente

En teoría, el sistema debería autorregularse, pero en una persona con dependencia algo se ha torcido: a veces se produce un fallo en el ciclo.

La mayoría de las personas acaban llegando a un límite: basta, ya es suficiente. La dopamina deja de impulsarles y se detienen. La mala noticia para quien tiene dependencia es que la dopamina sigue empujando. El sistema no reconoce el «suficiente». No se apaga y nos quedamos atrapados en el modo «querer». Por definición, ese modo no está satisfecho ni puede estarlo. No es para eso para lo que existe. Y, como la dopamina no se detiene, seguimos adelante. Solo termina cuando ya no es posible conseguir lo que quiere: se acaba el alcohol, se acaba el dinero o perdemos el conocimiento.

Al despertar, lo que encuentras es una insatisfacción profunda. Aquello que deseábamos e hicimos no era saludable ni física ni mentalmente. No necesitábamos el resultado ni nos gustaba; simplemente lo queríamos. El trecho entre «solo una copa» y despertar después de perder el conocimiento está lleno de promesas de «una más no me hará daño». Es una frase muy reveladora: pasamos de «una copa me apetecería» a «una más no me hará daño». La dopamina nos lleva de lo razonable a lo perjudicial, y la mente consciente después se encarga de justificar ese paso.

Sospecho que el alcohol provoca una sensación de conexión y aceptación lo bastante convincente como para engañar al sistema dopaminérgico y activarlo: interpreta algo artificial como una oportunidad real de supervivencia y hace que lo deseemos. Pero el deseo solo se apaga cuando la necesidad queda realmente satisfecha, y ahí es donde el engaño deja de funcionar: no hay nada auténtico detrás que el sistema pueda registrar como «conseguido». Por eso nunca recibe la señal de apagarse. Lo engañaron para que arrancara, pero no hay nada que le permita detenerse. Puede que esta explicación sea acertada o puede que no; lo que sí tengo claro es que al final de ese impulso dopaminérgico alimentado por el alcohol no hay satisfacción. Nunca.

Nunca te despiertas a la mañana siguiente pensando: «Pues me alegro de haber hecho todo aquello. Sí, estupendo. ¿Qué hay para desayunar?».

Dopamina contra dopamina

La buena noticia es que puedes querer cosas distintas, y de hecho las quieres. Incluso puedes querer cosas diametralmente opuestas. Si estás leyendo esto, está claro que no quieres seguir bebiendo. Pero también quieres beber, porque lo haces. Tenemos así un conflicto interesante en el que la dopamina parece competir consigo misma.

En esencia, gana el deseo que tiene más fuerza, aunque determinar qué significa exactamente «fuerza» cuando hablamos de deseos dopaminérgicos es complicado. Intervienen muchos factores: la hora, el lugar, el nivel de energía, el entorno, las personas. Es difícil conocerlos y comprenderlos todos.

Por si fuera poco, también son cambiantes: el peso de cada factor varía según el contexto. Observarte a ti mismo, tu conducta y esos deseos enfrentados te ayudará a comprenderlos. Como veremos más adelante, tomar conciencia es el primer paso para cambiar. Igual que un músculo, puedes ejercitar y fortalecer los deseos saludables y dejar que los perjudiciales se atrofien.

La parte de ti que quiere dejar de beber ya está ganando terreno, y es la dopamina la que te impulsa a seguir leyendo. Ves la posibilidad de algo mejor. La dopamina seguirá empujándote porque lo deseas. Ahora solo necesitas acumular conocimientos y experiencias suficientes para fortalecer ese deseo y vencer al otro de forma permanente. Por eso es importante comprender un poco mejor el circuito de la dopamina.

Los dos circuitos

El circuito de la dopamina comprende dos funciones distintas que actúan de manera sucesiva. Cada una cumple un papel diferente en el proceso de conseguir algo. Entender esta estructura te permitirá utilizar el sistema dopaminérgico contra sí mismo y afrontar lo que viene desde una posición de mayor fuerza.

Circuito del deseo

La primera de estas dos funciones se llama circuito del deseo de la dopamina. Es la parte del sistema que se activa involuntariamente ante determinados estímulos. (Puedes considerarla un subconjunto de la mente subconsciente). Cuando se activa, la dopamina capta tu atención, concentra tu mente y despierta el deseo de un objeto o resultado concreto. No tiene ningún plan para conseguir aquello en lo que se ha fijado: simplemente despierta un deseo puro. «Consígueme eso».

Cuando existen deseos enfrentados, se produce una especie de evaluación. El peso relativo de los deseos contradictorios —que tiran en direcciones opuestas— depende del contexto general y de otros factores.

Circuito del deseo sobre una balanza ante la decisión de beber: el lado del sí aparece con un 95 % y el lado del no con un 5 %. El esquema ilustra pesos desiguales en la decisión.

El deseo de beber está muy influido por factores como con quién estás, dónde te encuentras y cómo te sientes. Todos esos elementos se combinan y determinan cuánto pesa ese deseo en ese momento y en esas circunstancias.

Diagrama del deseo que gana y la decisión de beber.

Uno de los dos deseos en conflicto se impone al otro y la balanza se inclina a su favor. Después, el deseo vencedor pasa a la segunda función.

Circuito de control

La segunda función se conoce como circuito de control de la dopamina. (Puedes considerarla un subconjunto de la mente consciente). Una vez que se ha despertado el deseo, la tarea del circuito de control —también impulsado por dopamina— es determinar lo siguiente:

  1. Si merece la pena.
  2. Cómo conseguir resultados.
  3. Cómo sacar el máximo partido de esos resultados.

Piensa, elabora estrategias, planifica y ejecuta lo que considera la mejor manera de actuar.

El siguiente diagrama ilustra esta relación: el circuito del deseo, que es el dominante, decide lo que quiere y ordena al circuito de control, que está a su servicio, que haga lo necesario para conseguirlo.

El circuito del deseo, representado por el círculo grande, dice «Quiero Z» y da una orden al circuito de control, el círculo pequeño, que plantea «X + Y = Z»: cómo conseguir el objetivo.

Puedes imaginar el circuito del deseo como un niño que ve anunciado un juguete nuevo en la televisión. Decide que tiene que conseguirlo, aunque cueste una fortuna. Entonces se dedica a insistir sin descanso para que sus padres se lo compren. Los padres (el circuito de control), que no quieren disgustarlo, investigan si pueden permitírselo, dónde lo venden más barato, si hay códigos de descuento y demás. Si encuentran la manera, ponen el plan en marcha y compran el juguete. Si el precio es demasiado alto o el sacrificio que supondría en otros aspectos es excesivo, renuncian e intentan soportar las protestas del niño.

  • Si el circuito del deseo determina que quieres beber más de lo que quieres abstenerte, el circuito de control se pone a trabajar para conseguirlo: «¿Dónde puedo comprar alcohol? ¿Necesito dinero? ¿Cómo llego hasta allí?».
  • Si el circuito del deseo determina que quieres abstenerte más de lo que quieres beber, el circuito de control se pone a trabajar en lo contrario: «¿Dónde puedo pedir ayuda? ¿Qué excusa puedo dar para no ir a la fiesta? ¿Cómo me duermo sin beber?».
Comparación de los dos circuitos. El circuito del deseo forma parte de la mente subconsciente; se activa involuntariamente y genera el deseo de un objeto o resultado; dice «Consígueme eso». Su ejemplo es un niño que ve un juguete y siente que debe conseguirlo. El circuito de control forma parte de la mente consciente; evalúa si vale la pena, cómo conseguirlo y cómo aprovecharlo al máximo; dice «¿Cómo consigo que ocurra?». Su ejemplo es el padre o la madre que calcula cómo pagar el juguete.

Cooperación

En definitiva, eso es lo que está pasando. La dopamina y los sistemas relacionados con ella ejercen una influencia considerable sobre tu conducta, y así es como lo hacen.

Ahora que entiendes esto, puedes intentar colaborar con el sistema en lugar de luchar contra él. Puedes darle motivos para que quiera lo que tú de verdad quieres, en vez de lo primero que le llame la atención. De lo contrario, seguirá haciendo lo de siempre, y tú seguirás dejándote llevar.