PRIMERA PARTE — CLARIDAD
Capítulo 8 de 10
El cerebro superior
Parece que solo nos damos cuenta de que existe la fuerza de voluntad cuando nos falta. Contamos con ella para que haga buena parte del trabajo pesado —sobre todo al principio—, así que necesitamos recuperarla. Tenemos que reforzar su capacidad para interrumpir respuestas ya arraigadas y elegir otra forma de actuar. Pero, para conseguirlo, primero debemos entender cómo funciona y adónde se ha ido.
Veámoslo.
El cerebro superior y el sistema límbico
Para entender la fuerza de voluntad, podemos utilizar un modelo basado en el cerebro superior y el sistema límbico. El cerebro es un órgano mucho más grande y complejo, desde luego, pero esta división en dos nos sirve perfectamente para lo que queremos explicar.
En este modelo simplificado, el cerebro superior representa, a grandes rasgos, las funciones asociadas al lóbulo frontal, situado justo detrás de la frente. El sistema límbico está formado por estructuras interconectadas que se encuentran en zonas más profundas del cerebro.
Estas regiones desempeñan las siguientes funciones:
- El lóbulo frontal es la sede de funciones mentales superiores como el intelecto, el juicio, la razón y, algo fundamental, la voluntad. Se encarga de controlar los impulsos.
- El sistema límbico se ocupa de procesar las respuestas emocionales y afectivas.
Cuando nos encontramos ante una situación nueva, tenemos un alto grado de elección consciente sobre cómo responder. El lóbulo frontal desempeña un papel importante en esa elección y, por tanto, en el resultado. Es la voluntad en acción.
Cuando volvemos a encontrarnos con situaciones iguales o parecidas, aumenta la probabilidad de que respondamos de la misma manera. Un hábito no es más que una conducta que hemos dejado en manos del piloto automático.
Además, esas conductas quedan registradas junto con las sensaciones y emociones asociadas. A medida que se convierten en hábitos, la elección consciente (la voluntad) pasa a un segundo plano. Entonces es más probable que el sistema límbico dirija nuestra conducta de forma inconsciente y emocional. No es que perdamos la libertad de elegir, sino que resulta más fácil recorrer un camino muy transitado. Así que, a menos que la fuerza de voluntad vuelva a intervenir, toman el mando las vías neuronales que se han ido formando. Y cuanto más recorres un camino, más fuerza de voluntad (más energía) necesitas para abrir y seguir otro.
Vías neuronales
La palabra «camino» es bastante literal: el paso a una conducta habitual se produce mediante la formación de vías estructurales en el cerebro.4 Para ilustrarlo, pensemos en el siguiente modelo simplificado.
Nos encontramos por primera vez ante una situación. Las células cerebrales (neuronas) reciben esa información y podemos responder de distintas maneras.
Supongamos que elegimos la respuesta A. Las neuronas implicadas en esa conducta se comunican a través de las sinapsis y empiezan a fortalecer una vía neuronal.
Cuantas más veces repetimos la respuesta A, más fuerte y consolidada se vuelve esa vía. Al mismo tiempo, las demás opciones quedan, por así decirlo, cercadas. Y, conforme esto se repite, cambiar exige cada vez más fuerza de voluntad.
Así es también como aprendemos. A mayor escala, cuando nos encontramos con alcohol (estímulo) y decidimos beber (respuesta), experimentamos después relajación o euforia (resultado). Estas relaciones empiezan a entrelazarse y conectarse hasta formar una red mucho mayor. Pronto aprendemos que, cuando aparece una emoción desagradable —como la ansiedad—, el alcohol puede aliviarla porque nos relaja. La ansiedad es el estímulo; beber es la respuesta. Antes de que te des cuenta, tienes toda una colección de situaciones incómodas ante las que la respuesta condicionada es recurrir al alcohol. Así es como esas asociaciones quedan grabadas en el cerebro en forma de vías neuronales.
La buena noticia es que esas vías consolidadas pueden modificarse.5 El cerebro conserva su neuroplasticidad durante toda la vida, así que incluso un perro viejo puede aprender trucos nuevos, siempre que haya voluntad. Pero, para lograrlo, necesitamos que nuestro cerebro superior funcione a pleno rendimiento.
Esto nos lleva al segundo problema: la salud del cerebro superior.
Deterioro del cerebro superior
Una vez que beber se ha convertido en una respuesta condicionada, el consumo de alcohol deteriora precisamente el cerebro superior que podría interrumpir esa conducta. Este funciona plenamente en un entorno sano y estable; cuando las condiciones son adversas o el entorno está contaminado, su funcionamiento se ve comprometido. Beber alcohol es una causa evidente de ese deterioro, pero hay muchos otros factores que contribuyen: el estrés, acostarse tarde, la falta de ejercicio, etcétera. Como era de esperar, suelen ir de la mano del alcohol y juntos crean un círculo vicioso que se refuerza a sí mismo. A la vez que deterioran el cerebro superior, reducen tu capacidad de resistirte a ellos.
Cuando tienes dependencia del alcohol, vives en una montaña rusa física y emocional. En ese estado, al lóbulo frontal le cuesta funcionar y tu conducta queda en manos del sistema límbico y de las vías ya establecidas. No te queda energía mental para hacer otra cosa, así que sigues adelante con un piloto automático destructivo.
Una vez más, la buena noticia es que podemos deshacer todo esto e invertir el ciclo. Más adelante veremos exactamente cómo.