PRIMERA PARTE — CLARIDAD
Capítulo 9 de 10
La historia hasta aquí
Antes de buscar soluciones, es un buen momento para volver a nuestra línea temporal. Esta vez, sin embargo, podemos examinarla comprendiendo mejor cómo y por qué hemos llegado hasta aquí.
Por supuesto, las circunstancias de cada persona son distintas. Puede que lo que sigue no describa exactamente tu experiencia, pero espero que reconozcas los patrones generales que hay detrás.
Aviso: lo que viene no es especialmente agradable de leer. Pero, para seguir adelante, tenemos que hacernos cargo del desastre que hemos creado. El desastre es el mensaje, y necesitamos entenderlo.
Formación
Podría decirse que la etapa de la adicción empieza incluso antes de entrar en contacto con la sustancia. Una de las cosas que más me sorprendieron después de dejar de beber fue darme cuenta de que, aunque el alcohol era un problema grave, no era el problema. Las adicciones suelen arraigar porque encuentran un terreno fértil en la persona. La sustancia proporciona un alivio inmediato de problemas latentes. Y ese alivio parece una solución.
El alcohol abre puertas a posibilidades que antes mantenían cerradas las inhibiciones. Entra en juego la dopamina y empuja la dinámica hacia delante. Si a eso le sumamos la programación del subconsciente, el proceso ya está en marcha.
Sin saber cómo se desarrollará todo a lo largo de los años, parece perfectamente normal. Tus amigos lo aprueban. Probablemente tu entorno familiar también. De hecho, lo extraño sería no hacer lo que haces. Si no lo hicieras, te estarías apartando del grupo.
Lo que empieza siendo una novedad acaba normalizándose. Participas con regularidad y, sin darte cuenta, vas creando patrones: los fines de semana, las noches de concursos de preguntas, los partidos de fútbol y demás. Siempre hay algo a lo que quieres ir o a lo que tienes que asistir. Y allí adonde vas siempre hay alcohol.
En algún momento, el hábito se convierte en el verdadero motivo, y el plan pasa a ser solo el medio para satisfacerlo. Antes esperabas con ganas el fin de semana porque eras libre de hacer lo que quisieras; beber podía ser simplemente una de las cosas que hicieras con esa libertad. Ahora esperas con ganas el fin de semana porque es cuando bebes. La diferencia es enorme. Por el camino, la parte de la «libertad» ha desaparecido.
Para la mayoría, apenas hay consecuencias visibles, así que ¿por qué no hacerlo? Y las que aparecen se convierten en motivo de orgullo: «Hoy tengo la peor resaca del mundo», «No me acuerdo de nada», «Me gasté todo el dinero».
Sin que te des cuenta, lo que está ocurriendo es que te estás volviendo dependiente. El subconsciente ha tomado nota, ha aprendido la rutina y se ha hecho cargo de ella. Ahora funcionas en piloto automático.
Mientras tanto, el coste de oportunidad de tu tiempo y tu energía sigue acumulándose, como si creciera en una dimensión paralela que pasa inadvertida para quien no presta atención. Los efectos se acumulan y se refuerzan entre sí, y te alejan cada vez más de tu potencial. Te acercas a amigos que hacen lo mismo que tú y te distancias de quienes no. Ni siquiera estás despierto cuando los demás salen a disfrutar de la naturaleza un domingo por la mañana o se dedican a cualquier otra actividad insoportablemente saludable. No: tú estás ocupado reforzando el camino que llevas.
Lo que empezó siendo divertido y novedoso se ha apoderado de tu vida casi sin que lo notes. De cara a los demás, todavía se supone que todo gira en torno a socializar o celebrar ocasiones especiales. Pero los engranajes de la realidad siguen girando en segundo plano, y estás a punto de descubrirlo.
Toma de conciencia
Al final, la ley de causa y efecto se hace sentir. Lo que empezó siendo sutil e invisible entra en escena. Los efectos pueden ser leves al principio: estás excesivamente cansado, sobre todo los lunes; tu vida es un pequeño desastre desorganizado; reaccionas con demasiada emoción o impulsividad; tu salud y tu alimentación se resienten. Puede que relaciones todo eso con la bebida, o puede que no. Y, si lo haces, la relación apenas es una sospecha.
El tiempo pasa y lo leve se vuelve moderado: tu rendimiento en el trabajo empeora y otros empiezan a notarlo; tienes problemas de dinero, pero sigues despertándote con recibos de bebidas en los bolsillos; puede que los demás comiencen a darse cuenta y a comentarlo. En lugar de examinarte y hacer algo al respecto, apartas de tu vida a las personas y las circunstancias que interfieren con tu conducta o la ponen en evidencia. La aprobación que buscas deja de venir de los entornos sociales habituales y pasa a encontrarse entre personas que hacen lo mismo que tú y, finalmente, en formas de entretenimiento de poca calidad donde esas mismas conductas se celebran.
Lo que empezó siendo placentero se convierte en una manera de automedicarse ante una mezcla de problemas que no dejan de acumularse: baja autoestima, ansiedad, frustración, depresión. El efecto calmante del alcohol disminuye y, a medida que el alivio es menor, aumenta el consumo.
A partir de ahí, la situación se vuelve evidente, visible e imposible de negar. Tu mundo exterior es una proyección física de tu mundo interior.
Es un desastre: el lugar donde vives da asco; te ves envuelto en discusiones o enfrentamientos; tienes lagunas de memoria; te despiertas con una sensación de angustia; escondes lo que haces o has hecho porque te avergüenza.
La relación entre tus circunstancias y el alcohol está clara. Ya no puedes negar razonablemente que necesitas dejar de beber. Así que lo intentas. Desde la mente consciente.
Reconocimiento
Has terminado tan lejos de donde empezaste que cuesta creer que sea posible. Si a la persona que eras cuando tomaste aquella primera copa la transportaran directamente al destino final, entraría en pánico y no volvería a beber. Pero probablemente el proceso haya durado años: centímetro a centímetro, te has ido condicionando a esta forma de vivir y de ser. Es como mirarte en el espejo todos los días: de un día para otro no percibes cambios, pero cuando ves una fotografía tuya de hace unos años, te sorprende lo mucho que has cambiado.
Ahora los efectos se manifiestan en toda su magnitud, el problema es innegable y comprendes que tienes que parar. La desagradable sorpresa es que… no puedes. Intentas beber menos o dejarlo durante una temporada. Pero no lo consigues. Te despiertas después de una noche que no recuerdas y piensas: «No volveré a beber jamás». Pero vuelves a hacerlo.
Y así comienza el ciclo de los intentos. Empiezas a buscar respuestas y consigues avances de distinta importancia. Pero, inevitablemente, acabas en el mismo lugar a pesar de tus mejores intenciones. Cada vez que recuperas algo de la vitalidad perdida, vuelves a plantearte que quizá puedas beber con moderación. Empiezas con «solo una», pero en realidad terminas otra vez en la casilla de salida.
Darte cuenta de que no eres tú quien dirige tu vida da miedo: no cuesta imaginar cómo acabará todo si sigues por ese camino. Pero, por terrible que resulte, ese es el verdadero comienzo del camino hacia la recuperación.
Compromiso
Cuando has caído todo lo bajo que se puede caer y aun así no te rindes, solo queda una opción: comprometerte por completo —física, emocional y espiritualmente— a superar lo que parece imposible. Harás lo que sea necesario, porque no hay alternativa.
Habrá sacrificios. Habrá dolor y aburrimiento. Tendrás que aceptar que te perderás cosas y que algunas personas se molestarán contigo. Habrá noches sin dormir. Y no volverás a beber.
Pero sí habrá algo que tendrás: fe. Fe en que, al otro lado, te espera una vida mejor. Porque es así.